miércoles, 25 de julio de 2007

Declaraciones del secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe

El prelado insistió en la importancia para el diálogo ecuménico de reconocer que la Iglesia de Cristo no es un «mito» o un «ideal» que se hará realidad con la unión de las iglesias, sino que subsiste en la historia en la Iglesia católica. ARANJUEZ (MADRID), martes, 24 julio 2007 (ZENIT.org-Veritas).-
El arzobispo Ángelo Amato, SDB, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, intervino este martes en el Curso de Verano «Benedicto XVI: Pensamiento y propuesta en el II Aniversario de su Pontificado», que se está desarrollando durante esta semana en Aranjuez, organizado por la Fundación Universidad Rey Juan Carlos.Antes de pronunciar su conferencia, «Jesús de Nazaret en la Cristología de Benedicto XVI» en torno al libro del Papa, el arzobispo tuvo un breve encuentro con algunos periodistas, en el que respondió a preguntas sobre el último Documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, «Respuestas a algunas preguntas de la Doctrina sobre la Iglesia».El texto, considera, es «muy positivo» para el encuentro ecuménico porque da una «identidad precisa a la Iglesia católica» y «el ecumenismo es hecho sobre la verdad y sobre la identidad de los interlocutores». El prelado dijo que el texto repite lo que ha dicho el Concilio Vaticano II, que la «única Iglesia de Cristo subsiste en la historia en la Iglesia católica» y añadió que al sostener esto no afirma un «vacío» eclesial fuera de la Iglesia católica. De hecho, aclara que las iglesias ortodoxas orientales tienen una recta comprensión de la sucesión apostólica y de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, y se pueden considerar por tanto «iglesias».Respecto a las comunidades eclesiales de la Reforma --que no aceptan la sucesión apostólica y una recta comprensión de la Eucaristía-- monseñor Amato explicó que ellas mismas se llaman «comunidades eclesiales de la Reforma» y esta definición la usa tanto la Congregación para la Doctrina de la Fe como el Concilio Vaticano II.Sobre la reacción de los protestantes ante el Documento, monseñor Amato desmintió que hubiera «molestias», porque «ellos saben que ésta es nuestra identidad y no es la primera vez que la Congregación afirma esto». Además, el arzobispo recordó que en el año 2000, la famosa Instrucción «Dominus Iesus», afirmaba exactamente lo mismo.Asimismo, el prelado insistió en la importancia para el diálogo ecuménico de reconocer que la Iglesia de Cristo no es un «mito» o un «ideal» que se hará realidad con la unión de las iglesias, sino que subsiste en la historia en la Iglesia católica.

jueves, 21 de junio de 2007

Nueve Primeros Viernes de Mes


PROMESAS DE NUESTRO SEÑOR a los que vivan la devoción a su Sagrado Corazón



A partir de la primera revelación, Santa Margarita María Alacoque sufriría todos los primeros viernes de mes, hasta su muerte, la experiencia mística de la llaga del costado de Jesús. Estos eran los momentos particularmente elegidos por el Señor para manifestarle lo que quería de ella y para descubrirle los secretos de su amable Corazón.


Propósito de la devoción: Reparación al Corazón de Jesús.

Las promesas de Jesús dada por medio de Santa Margarita María Alacoque a los que practicaran y propagaran dicha devoción. Incluye la promesa a quienes comulguen nueve primeros viernes de mes.El motivo principal de la devoción debe ser el amor a Jesús y no solo las promesas ligadas a ella. Sin embargo si el mismo Jesús quiso darnos un aliciente con sus promesas, podemos legítima y provechosamente apoyarnos también en ellas para fortalecer nuestra débil voluntad para todo lo que es el servicio de Dios.


Para ganar esta gracia debemos:

1-Recibir sin interrupción la Sagrada Comunión durante nueve primeros viernes consecutivos.

2-Tener la intención de honrar al Sagrado Corazón de Jesús y de alcanzar la perseverancia final.

3-Ofrecer cada Sagrada Comunión como un acto de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento.
4-Oración: "Oh Dios, que en el corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, has depositado infinitos tesoros de caridad; te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestro amor, le ofrezcamos una cumplida reparación. Por Jesucristo nuestro Señor. R. Amén.Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío."

Promesas
(1) Les daré todas las gracias necesarias en su estado de vida.

(2) Estableceré la paz en sus hogares.

(3) Los consolaré en todas sus aflicciones.

(4) Seré su refugio en su vida y sobre todo en la muerte.

(5) Bendeciré grandemente todas sus empresas.

(6) Los pecadores encontrarán en Mi Corazón la fuente y el océano infinito de misericordia.

(7) Las almas tibias crecerán en fervor.

(8) Las almas fervorosas alcanzarán mayor perfección.

(9) Bendeciré el hogar o sitio donde esté expuesto Mi Corazón y sea honrado.

(10) Daré a los sacerdotes el don de tocar a los corazones más empedernidos.

(11) Los que propaguen esta devoción, tendrán sus nombres escritos en Mi Corazón, y de El, nunca serán borrados.
(12) Nueve primeros viernes: Yo les prometo, en el exceso de la infinita misericordia de mi Corazón, que Mi amor todopoderoso le concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; no morirán, en desgracia ni sin recibir los sacramentos; Mi divino Corazón será su refugio seguro en este último momento.


Oraciónes después de comulgar los 1ros Viernes:

Amado Jesucristo. Confío en tus promesas y misericordia.

Oh Dios, que en el corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, has depositado infinitos tesoros de caridad; te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestro amor, le ofrezcamos una cumplida reparación. Por Jesucristo nuestro Señor. R. Amén.

Fuente texto e imagen: Corazones.org

lunes, 28 de mayo de 2007

Los frutos de la devoción a María

Los frutos de la devoción a la Santísima Virgen son los siguientes:
a)Quienes la honran obtienen una mayor benevolencia de parte suya. Ella por su gran poder de intercesión, consigue mayores gracias de Dios para que vivan mejor su vida cristiana, conduciéndolos hasta las cimas de la santidad. Ella es la Reina de los Santos.
b) A los pecadores, que junto con el deseo de enmendarse la honran y se ponen bajo su protección, les alcanza la gracia de la conversión y no dejará de socorrerlos y de conducirlos a Dios. Ella es Refugio de los pecadores.
c)A quienes la invocan confiados y constantes, María puede alcanzarles la gracia de la perseverancia final, don inestimable, como lo llama San Agustín. Por eso, le pedimos en el Ave María: "ruega por nosotros...en la hora de nuestra muerte". Ella es Auxilio de los moribundos.
d)Finalmente, si tenemos en cuenta que la devoción a María se deriva de la fe en la Encarnación redentora, a mayor fe, mayor devoción y, en consecuencia, se confirman en la Iglesia los fundamentos de la fe y se desvanecen las herejías. Santa María es Madre de la Iglesia.
Fuente: Un Minuto con María...

domingo, 27 de mayo de 2007

Esposa del Espíritu Santo

Cuando María ha echado raíces en un alma, realiza allí las maravillas de la gracia que sólo Ella puede realizar, porque Ella sola es Virgen fecunda, que no tuvo ni tendrá jamás semejante en pureza y fecundidad.

María ha colaborado con el Espíritu Santo a la mayor obra que ha sido posible, es decir, la Encarnación del Verbo. En consecuencia, Ella realizará también los mayores portentos de los últimos tiempos. La formación y educación de los grandes santos, que vivirán hacia el fin del mundo, están reservadas a Ella, porque sólo esta Virgen singular y milagrosa puede realizar en unión del Espíritu Santo, las cosas singulares y extraordinarias.

Cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la encuentra en un alma, vuela y entra en esa alma en plenitud y se le comunica tanto más abundantemente cuanto más sitio hace el alma a su Esposa.
Una de las razones principales de que el Espíritu Santo no realice maravillas portentosas en las almas, es que no encuentra en ellas una unión suficientemente estrecha con su fiel e indisoluble Esposa.

Digo "fiel e indisoluble Esposa", porque desde que este Amor sustancial del Padre y del Hijo, se desposó con María para producir a Jesucristo, Cabeza de los elegidos, y a Jesucristo en los elegidos, jamás la ha repudiado, porque Ella se ha mantenido siempre fiel y fecunda.


San Luis-María Grignion de Montfort
Tratado de la Verdadera Devoción a la Santa Virgen n°35 y 36

Fuente: Un Minuto con María...

miércoles, 23 de mayo de 2007

¿MURIÓ LA VIRGEN MARÍA? (I PARTE)


Es sabido que la muerte no es condición esencial para la Asunción. Y es sabido, también, que el Dogma de la Asunción no dejó definido si murió realmente la Santísima Virgen. Había para entonces discusión sobre esto entre los Mariólogos y Pío XII prefirió dejar definido lo que realmente era importante: que María subió a los Cielos gloriosa en cuerpo y alma, soslayando el problema de si fue asunta al Cielo después de morir y resucitar, o si fue trasladada en cuerpo y alma al Cielo sin pasar por el trance de la muerte, como todos los demás mortales (inclusive como su propio Hijo).
Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre el tema, nos recordaba que Pío XII y el Concilio Vaticano II no se pronuncian sobre la cuestión de la muerte de María. Pero aclara que “Pío XII no pretendió negar el hecho de la muerte; solamente no juzgó oportuno afirmar solemnemente, como verdad que todos los creyentes debían admitir, la muerte de la Madre de Dios”. (JP II, 25-junio-97)
Sin embargo, algunos teólogos han sostenido la teoría de la inmortalidad de María, pero Juan Pablo II nos dice al respecto,“existe una tradición común que ve en la muerte de María su introducción en la gloria celeste”. (JP II, 25-junio-97)
Se refiere posiblemente a que, como afirma Antonio Royo Marín o.p., la Asunción gloriosa de María, después de su muerte y resurrección, reúne un apoyo inmensamente mayoritario entre los Mariólogos. (cfr. La Virgen María, A. Royo Marín, 1968).
Los argumentos en favor de la muerte de María los dividiremos: según la Tradición Cristiana (incluyendo el Arte Cristiano), según la Liturgia, según la razón teológica y por la utilidad de la muerte.
1. Según la Tradición Cristiana:
Royo Marín afirma que el testimonio de la Tradición -dice que sobretodo a partir del Siglo II- es abrumador a favor de la muerte de María. Es su afirmación, aunque no da citas al respecto. (cfr. La Virgen María, A. Royo Marín, 1968).
Inclusive la misma Bula Munificentissimus Deus de Pío XII (sobre el Dogma de la Asunción), aunque no propone como dogma la muerte de María, nos presenta este dato interesantísimo sobre la muerte de María en la Tradición de la Iglesia: “Los fieles, siguiendo las enseñanzas y guía de sus pastores ... no encontraron dificultad en admitir que María hubiese muerto como murió su Unigénito. Pero eso no les impidió creer y profesar abiertamente que su sagrado cuerpo no estuvo sujeto a la corrupción del sepulcro y que no fue reducido a putrefacción y cenizas el augusto tabernáculo del Verbo Divino” (Pío XII, Bula Munificentissimus Deus #7, cf. Doc. mar. #801).
El Padre Joaquín Cardoso, s.j. edita en México en el Año de la declaración del Dogma un librito “La Asunción de María Santísima”. Y nos refiere lo siguiete sobre la muerte de María en la Tradición:
“Hasta el Siglo IV no hay documento alguno escrito que hable de la creencia de la Iglesia, explícitamente, acerca de la Asunción de María. Sin embargo, cuando se comienza a escribir sobre ella, todos los autores siempre se refieren a una antigua tradición de los fieles sobre el asunto. Se hablaba ya en el Siglo II de la muerte de María, pero no se designaba con ese nombre de muerte, sino con el de tránsito, sueño o dormición, lo cual indica que la muerte de María no había sido como la de todos los demás hombres, sino que había tenido algo de particular. Porque aunque de todos los difuntos se decía que habían pasado a una vida mejor, no obstante para indicar ese paso se empleaba siempre la palabra murió, o por lo menos `se durmió en el Señor', pero nunca se le llamaba como a la de la Virgen así, especialmente, y como por antonomasia, el Tránsito, el Sueño”.
Son muchísimos los Sumos Pontífices que han enseñado expresamene sobre la muerte de María. Entre éstos, nuestro Papa Juan Pablo II, quien en su Catequesis del 25 de junio de 1997, titulada por el Osservatore Romano “La Dormición de la Madre de Dios”, nos da más datos sobre la muerte de María en la Tradición:
Santiago de Sarug (+521): “El coro de los doce Apóstoles” cuando a María le llegó “el tiempo de caminar por la senda de todas las generaciones”, es decir, la senda de la muerte, se reunió para enterrar “el cuerpo virginal de la Bienaventurada”.
San Modesto de Jerusalén (+634), despues de hablar largamente de la “santísima dormición de la gloriosísima Madre de Dios”, concluye su “encomio”, exaltando la intervención prodigiosa de Cristo que “la resucitó de la tumba” para tomarla consigo en la gloria .
San Juan Damasceno (+704), por su parte, se pregunta: “¿Cómo es posible que aquélla que en el parto superó todos los límites de la naturaleza, se pliegue ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se someta a la muerte?”. Y responde: “Ciertamente, era necesario que se despojara de la parte mortal para revestirse de inmortalidad, puesto que el Señor de la naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte. En efecto, El muere según la carne y con su muerte destruye la muerte, transforma la corrupción en incorruptibilidad y la muerte en fuente de resurrección”. No es posible, además, ignorar el Arte Cristiano, en el que encontramos gran número de mosaicos y pinturas que han representado la Asunción de María, tratando de hacernos ver gráficamente el paso inmediato de la “dormición” al gozo pleno de la gloria celestial, e inclusive algunos, del paso del sepulcro a la gloria, siendo asunta al Cielo.

¿MURIO LA VIRGEN MARIA? (II PARTE)


2. Según la Liturgia:
De acuerdo a Royo Marín, el argumento litúrgico tiene gran valor en teología, según el conocido aforismo orandi statuat legem credendi, puesto que en la aprobación oficial de los libros litúrgicos está empeñada la autoridad de la Iglesia, la cual iluminada por el Espíritu Santo, no puede proponer a la oración de los fieles fórmulas falsas o erróneas.
Y desde la más remota antigüedad, la liturgia oficial de la Iglesia recogió la doctrina de la muerte de María. Royo Marín refiere dos oraciones “Veneranda nobis...” y “Subveniat, Domine ...” , las cuales estuvieron en vigor hasta la declaración del Dogma (1950) y recogen expresamente la muerte de María al celebrar al fiesta de su gloriosa Asunción a los Cielos. Las oraciones posteriores a la declaración del Dogma, por razones obvias, no aluden a la muerte.
Así decía la oración “Veneranda nobis”: “Ayúdenos con su intercesión saludable, ¡oh, Señor!, la venerable festividad de este día, en el cual, aunque la santa Madre de Dios pagó su tributo a la muerte, no pudo, sin embargo, ser humillada por su corrupción aquélla que en su seno encarnó a tu Hijo, Señor nuestro”.
El Padre Joaquín Cardoso, s.j. tiene esto que decirnos sobre la muerte de María en la Liturgia:
“La Iglesia, pues, tanto la Griega, como la Latina, creyeron siempre, no solamente como posible, sino como regla, en la muerte de María, y en las más antiguas Liturgias de ambas Iglesias se encuentra siempre la celebración y el recuerdo de la muerte de María, con el nombre de la Dormición, Sueño o Tránsito de Nuestra Señora. Porque eso sí: si creían que realmente la Virgen había muerto, indicaban con esa denominación, no usada comúnmente para todas las muertes, que la de la Virgen había tenido algún carácter especial y extraordinario, que es precisamente el de su resurrección inmediata y Asunción a los Cielos”.
“Y como dicen los críticos, aun protestantes ... ya en el Siglo VI era absolutamente general la creencia en la Asunción de María, tal cual lo demuestran las antiquísimas liturgias de todas las Iglesias que tienen, al menos desde el siglo IV, establecida la Fiesta de la Dormición de María”.
3. Según la razón teológica:
Iniciamos este aparte con Juan Pablo II: “¿Es posible que María de Nazaret haya experimentado en su carne el drama de la muerte? Reflexionando en el destino de Maria y en su relación con su Hijo Divino, parece legítimo responder afirmativamente: dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre” (JP II, 25-junio-97).
Cristo, el Hijo de Dios e Hijo de María, murió. Y ¿puede ser la Madre superior al Hijo de Dios en cuanto a la muerte física? Es cierto que la Santísima Virgen María, habiendo sido concebida sin pecado original (Inmaculada Concepción) tenía derecho a no morir. Pero, nos decía Juan Pablo II: “El hecho de que la Iglesia proclame a María liberada del pecado original por singular privilegio divino, no lleva a concluir que recibió también la inmortalidad corporal. La Madre no es superior al Hijo, que aceptó la muerte, dándole nuevo significado y transformándola en instrumento de salvación. ” (JP II, 25-junio-97)
Y Royo Marín remata este argumento de la siguiente manera: “Sin duda alguna, María hubiera renunciado de hecho a ese privilegio para parecerse en todo -hasta en la muerte y resurrección- a su Divino Hijo Jesús.”
El Padre Joaquín Cardoso, s.j. dice al respecto: “María Santísima nunca tuvo pecado, por el privilegio de Dios de su Inmaculada Concepción; por consiguiente, no estaba sujeta a la muerte, como no lo estaba Jesucristo; pero también Ella tomó sobre sí nuestro castigo, nuestra muerte”.
Y Juan Pablo II: “María, implicada en la obra redentora y asociada a la ofrenda salvadora de Cristo, pudo compartir el sufrimiento y la muerte con vistas a la redención de la humanidad”. (JP II, 25-junio-97)
4. Por la utilidad de la muerte:
Dice Royo Marín que la muerte de María nos sirve de ejemplo y consuelo. María debió morir para enseñarnos a bien morir y dulcificar con su ejemplo los supuestos terrores de la muerte. Los recibió con calma, con serenidad, aún más, con gozo, mostrándonos que no tiene nada de terrible la muerte para aquéllos que en la vida han cumplido la Voluntad de Dios. Y Juan Pablo II: “María, implicada en la obra redentora y asociada a la ofrenda salvadora de Cristo, pudo compartir el sufrimiento y la muerte con vistas a la redención de la humanidad”. (JP II, 25-junio-97) “La experiencia de la muerte enriqueció a la Virgen: habiendo pasado por el destino común a todos los hombres, es capaz de ejercer con más eficacia su maternidad espiritual con respecto a quienes llegan a la hora suprema de la vida”. (JP II, 25-junio-97).

lunes, 14 de mayo de 2007

Milagro del 13 de mayo...

13 de mayo - Portugal. 1a aparición en Fátima: « Yo soy del Cielo » (1917) - atentado a JP II (1981)

Una mano disparó, otra desvió la bala (I)

El 13 de mayo, el Santo Padre había desayunado con el Profesor Lejeune, su esposa y otro invitado, y luego, dentro de la mayor tranquilidad, se dirigió a la Plaza de San Pedro. Cuando daba la vuelta por la plaza, cerca de la puerta de bronce, el turco Mehmet Ali Agja le disparó, hiriéndolo en el abdomen, en el codo derecho y en el índice de la mano izquierda.

Nadie creía que esto hubiese podido ocurrir. Yo estaba detrás del Santo Padre, aturdido, no lograba comprender nada. El ruido en la plaza era ensordecedor. Todas las palomas alzaron el vuelo. Alguien había disparado, pero quién podría ser? Yo vi que el Santo Padre …. Pero no le veíamos señales de sangre ni de herida. Entonces, le pregunté, dónde? Y el me respondió: en el vientre. Tiene dolor, añadí y asintió, sí. El iba en el auto apoyado en mí; de ahí pasamos a una ambulancia. Su Santidad llevaba los ojos cerrados, se notaba que sufría mientras repetía algunas oraciones breves. Sobre todo, si mal no recuerdo : “ ¡María, madre mía. María, madre mía!”

El Dr Buzzonetti y la hermana Camila iban con nosotros en la ambulancia que corría veloz y ningún tipo de policía nos acompañaba. La sirena comenzó a sonar un centenar de metros más tarde. El trayecto que normalmente se hace en media hora nosotros lo hicimos en ocho minutos en plena circulación de Roma. Tiempo después, el Santo Padre me dijo que había guardado consciencia hasta su llegada al hospital y que siempre estuvo convencido de que las heridas no serían mortales.


Testimonio de Monseñor Stanislas Dziwisz,
Reproducido por André Frossard en "N'ayez pas peur. Dialogue avec Jean-Paul II"
(Robert Laffont, París, 1982) - p.333 a 345.



Una mano disparó, otra desvió la bala (II)

Doscientos polacos trajeron de Polonia una imagen de N.S. de Chestokova y la colocaron en el suelo frente a la silla del Papa, mientras oraban con mucho fervor.

La operación duró cinco horas y veinte minutos. El estado del herido era considerado como muy grave. La tensión la tenía bajísima. Monseñor Dziwisz le dio la extremaunción. “Al principio todo era angustia; pero la esperanza volvió gradualmente durante la operación. Luego, se supo que ningún órgano vital había sido tocado y que tenía posibilidades de salir con vida”. El Papa había perdido tres cuartos de su sangre y la transfusión sanguínea vino a transmitirle un virus. Pasó mucho tiempo en reanimación, pero cinco días después del atentado, aludiendo a un proverbio polaco, declaró: “Una mano disparó, otra desvió la bala”.

El le había pedido al obispo de Fátima, entonces en Roma, que viniera a su lecho de enfermo a hablarle del mensaje de la Virgen y después del Ángelus del domingo siguiente, en un mensaje grabado en su habitación del hospital, el Santo Padre le confiaba al Corazón Inmaculado de María toda la humanidad. Un año más tarde, el 13 de mayo de 1982 rindió gracias a la Virgen de Fátima y una de las balas sería incrustada en la corona de la Virgen. El 25 de marzo de 1984 junto con los obispos del mundo entero celebra la consagración al Corazón Inmaculado de María solicitado por la Virgen y Rusia será liberada del comunismo poco después, sin derramamiento de sangre.

El 13 de mayo del 2000, en Fátima, durante la beatificación de los dos pastorcitos, Jacinta y Francisco, él revela el contenido de la última parte del mensaje de Fátima que hablaba de los sufrimientos de la Iglesia y del “obispo vestido de blanco”, herido de “dos disparos de arma de fuego”, señalando que él veía en ese mensaje el anuncio del atentado del 13 mayo de 1981.

Y siempre frente a esa estatua de Fátima, el 8 de octubre del 2000, durante el Jubileo de los obispos, el Papa pronuncia en la Plaza de San Pedro el Acto solemne de confianza con el que ponía el III milenio bajo la protección de la Virgen.


Testimonio de Monseñor Stanislas Dziwisz,
Reproducido por André Frossard en "N'ayez pas peur. Dialogue avec Jean-Paul II"
(Robert Laffont, Paris, 1982) - p.333 à 345.
Fuente: Un Minuto con María.